miércoles, 3 de junio de 2009

A hostias en la pequeña Manhattan

Un elenco formado por nombres tan absurdos como Channing Tatum, Zulay Henao, Dito Montiel o Flaco Navaja no podía presagiar nada bueno... y, efectivamente, no nos equivocamos. Fighting, puños de asfalto es el título del último Partido de los Martes que nos deparó un sopor generalizado, sólo matizado por algunos cómicos momentos (por lo radicalmente absurdo de los mismos, no por ellos en sí) y por nuestra particular visionado del film una vez comprobado (a los dos minutos) de que no se avecinaba nada potable.

El topicazo americano del joven que se va a la gran ciudad a buscarse la vida, para acabar envuelto en peleas ilegales para sacarse unas perras está salpicado de escenas que nos hacen pensar firmemente que, tanto guionista como director, no deberían haber abandonado la medicación, si alguna vez la siguieron, aunque no hay que quitarles el mérito de conseguir sin esfuerzo aburrir soberanamente con un melodrama sobre la amistad cuando lo que la gente quiere son hostias, piñas y sangre en la pantalla. Tres peleas mal contadas, una ambientación neoyorquina que no se la creen ni ellos -los protagonistas se encuentran de casualidad por la calle, como si aquello fuese chiquitito, unas 20 veces en la película- y la extraña forma de vida de los protagonistas, que lo mismo se quedan sobaos en un parque porque no tienen dinero para una triste pensión que al plano siguiente se cuelan en la discoteca más molona del Bronx, es lo más que ofrece la peli.

Cabe destacar la figura de Harvey, entrenador/manager del protagonista y estereotipo del clásico perdedor de este tipo de películas: como él no pudo llegar a nada en el mundillo de las peleas callejeras (y lo recuerda con pena, como si partirse la boca con alguien en un callejón con 20 majaretas alrededor mirando fuera el summun... mira los angangos, que lo llevan haciendo toda la vida y encima de gratis) se dedica a tutelar al Channing Tatum y le enseña todo lo que hay que saber de la vida... pero no, tranquilos que no hay en Fighting ningún amago de mariconeo entre tutor y tutelado; el tío es tan pudoroso (o tan guarro, o tan raro en general) que ni siquiera se quita el pijama cuando se viste, y se va a la calle con el filito celeste del pantalón de franela bajo el vaqueros... la imagen de un triunfador, vamos.

Hay que reseñar también que es esta una película de secundarios: ningún colega del director se queda sin su minutito de gloria. La lista es bastante extensa, pero nos quedamos con la abuela de Zulay, una vieja demente que revienta a Shawn su primera gran oportunidad para pincharse a la chica echándole casi a patadas de su casa, y con Martínez, el antiguo rival de Harvey, el mentor del protagonista, con toda la cara de un vampiro malo de Buffy, y sus dos colegas moñas que aprovechan cualquier ocasión para cachondearse del bueno de Harvey. También destacan otro tipo de secundarios, o más bien gente que pasaba por allí, como el portero de una discoteca puteadísimo y con cara de "que acabe la mierda de plano este ya, joder, que tengo un frío del copón" mientras dos discuten a su rollo a unos metros, o una piba, con la cabeza entre las piernas, suponemos que borracha hasta las trancas, que se cruzan y que obvian como si tal cosa... ahí, solidarios...

El Momentazo: Shawn Mcarthur, el prota, va a casa de la camarera buenorra Zulay, con aviesas intenciones. Al llegar a la misma, ella se disculpa por una nota de desahucio que hace sospechar al nota que las cosas no van economicamente bien en casa de 'las Zulay'. El espectador desecha rápidamente esa idea cuando aparece en pantalla una pantallaca, valga la redundancia, de unas 500 pulgadas en el salón de la casa o cuando, minutos después, la piba investiga en su ordenador personal, a través de su internet de tarifa plana, el turbio pasado luchador de Shawn. No nos de coba, Zulay.

martes, 19 de mayo de 2009

A ver si nos cortamos las uñitas...

La factoría Marvel patrocinaba el último Partido de los Martes, que no fue otro que X-Men Orígenes: Lobezno. Lobezno, vamos. La que viene a ser la complicada historia de uno de los mejores personajes de la patrulla X (el más chulo y el más sobrado, desde luego), desde el descubrimiento de sus poderes cuando era aún un niño a cómo la perra vida le lleva a dejarse manipular geneticamente para poder llevar a cabo su venganza sobre aquellos que le han puteado.

Y los que más le han puteado no son otros que su propio hermano (secreto) Victor, alias Dientes de Sable, y el general Stryker, además de un puñado de mutantes sin carisma integrantes del escuadrón de la muerte nicaragüense que se monta el tal Stryker para hacer misioncitas por ahí. Todos los ingredientes, por tanto, apuntaban a una gran orgía de arañazos y poderes varios, pero el ritmo de la película se ve interrumpido por el Pasión de mutaciones que se monta el Logan (pelazo de actor de telenovelas incluído) con su piba, que más que a lobezna tira para zorra directamente. Aún así, no faltan peleas, explosiones y poderes varios, claro. Pero Lobezno no llega, ni de lejos, al nivel friki-fiel y entretenido de las otras X-Men, pero ni de coña.

Obviando alguna que otra patada al comic original, con la intención de llevar al extremo la historia de la película nos encontramos con que la misteriosa isla donde el ejército encierra a los mutantes, y a dónde sólo sabe llegar Gambito, en avioneta y entre una espesa bruma resulta estar conectada con tierra firme por una autovía de cuatro carriles para cada sentido por la cual llegan los bomberos del término municipal más cercano en los momentos finales de la peli. Hombre, un poquito de por favor... (Aportación, esta última, de MBA)

EL MOMENTAZO: Lobezno y Gambito se enfrascan en una espectacular pelea: tras mandar al chaval lejos de una hostia, Logan descubre que su archienemigo/hermano Víctor anda por allí y todo su interés ya se centra en él; así que cuando Gambito regresa, clamando venganza, Lobezno, que ya no tiene el chichi pa farolillos, se limita a dejarlo seco de un revés sin tan siquiera volverse. Chaval, que están jugando los mayores...

domingo, 10 de mayo de 2009

Tú a Oxford y yo a (Amaia) Salamanca

La redacción de El Partido de los Martes está del lado del cine español, y nuestra tercera incursión en el cine patrio (tras Tres Días y Santos) no ha podido tener mejores resultados. Fuga de cerebros aúna todos los topicazos de las nuevas comedias norteamericanas: frikazos, pibones y situaciones rallando lo escatológico en torno a un tema principal: lo que viener a ser el sexo. Y esto que, a priori, podría augurar un bodrio de película cutre, zafia y sin estilo, acaba resultando una hora y media larga de carcajadas gracias al componente cañí que aportan los actores. Obviando los protagonistas, la terna de secundarios televisivos de Fuga de cerebros hacen que cada aparición suya sea un auténtico descojone. Todos lo bordan, pero hay que destacar el descubrimiento del mismísimo Chikilicuatre como el padre ciego del colega invidente del protagonista, empeñado en ser autosuficiente por cojones. Sembrao.

Párrafo aparte merece la protagonista, Amaia Salamanca, por cuya anatomía el director de la película demuestra absoluta devoción en una secuencia cercana a los tres minutos que todo espectador masculino y/o lesbiano agradecerá sobremanera, y hasta ahí podemos leer...

La historia de la peli es, ya decimos, una pamplina bien grande. Cinco colegas (un ciego, un gitano camello, un paralítico, un marica de tapadillo y el prota, gran fracasado pagafantas) falsifican sus notas de selectividad para ir a Oxford en busca de Amaia, de quien el prota está enamorado desde que era un zagalillo. Desde que llegan, empiezan a liarla parda a base de profanar cadáveres, garrafas de amor propio, distribución de drogas duras, lluvias doradas, etc... incluso tienen tiempo para arruinarle la vida al clásico tío guay de la Universidad, que pasa de ser el capitán del equipo de atletismo a malvender todo lo que tiene para comprar pastillitas de la alegría...

EL MOMENTAZO: Uno de los puntos fuertes de Fuga de cerebros está en las frases míticas que largan sus protagonistas, todas relacionadas obviamente con el ánimo de cubrir a Amaia del protagonista. Así, después de que al fin haya un acercamiento entre los chavales, sus colegas, totalmente emocionados (como puede apreciarse en la imagen, correspondiente al momento en cuestión) le animan lanzando al aire un eufórico "este ya tiene media polla dentro". Ni Góngora hubiera lo definido mejor...